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Una borla saganiana.
Un pretexto para cerrar la ventana, abrir los ojos, mirarlo todo excepto lo que deberíamos.
Un sueño inacabado que nace cada noche de lo peor de mi cordura.

Ese punto tan pálido como tu ausencia, que a veces termina de enmarcarse en el espacio que creemos conocer.

Un juego —el juego eterno— de no atraparnos.

Una galaxia contenida en la inexactitud de un suspiro prometido.
Tu mirada, afilada de lustros, acezante de señuelos.
El truco de no esquivarnos.

Condenamos las lejanías de cada vida que a la que se aferran las sirenas, de cada nacer que no cedemos.
Y en ellas, el recuerdo luminoso: corpúsculo que nos contiene.
Un juego —el mismo juego— de nunca amarnos.

Como los anhelos, renunciamos a ser más que todos nuestros futuros.
Dejamos de ser veneno para encarnar la invariable muerte después del beso.

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